Viaje a Francia

(Por Daniel de la expedición muchoviaje)

Me gusta pensar en una carretera única para unir el mundo. El asfalto de la calle donde solía vivir en Madrid se prolongaba ahora por territorio francés. Sólo hay un camino, pero serpentea por paisajes muy distintos.

Francia

Burdeos nos regaló la primera noche fuera de España en un Palacio del siglo XVII. Ignacio Marcos “Dubi” consiguió que la expedición se alojara en el Chateaux Lascombes. José Luis, Alfonso y yo pasamos la primera noche solos en aquel palacio, sintiéndonos de algún modo príncipes desterrados, tratando de asimilar qué hacíamos allí, rodeado de los viñedos más prestigiosos de Francia.



Geraldine nos facilitó la estancia en el chateaux y sus alrededores. Pero el tesoro que da sentido a la opulencia de estas tierras está escondido en las barricas de la bodega. El chateaux Lascombes fue distinguido en 1855 como Grand Cru Classé, una categoría que comparten muy pocos vinos de Francia. En un ambiente tan selecto no podíamos marcharnos sin probar la excelencia de una botella: un margaux del 2003. Con el sabor de un gran vino en el paladar y la mirada perdida en el verde de los viñedos dejamos Burdeos.

Antes de retomar el rumbo Norte nos dirigimos a Pyla, para ascender la duna más alta de Europa. 110 metros de altura, 3 kilómetros de largo y más de 60 millones de metros cúbicos de arena forman esta extraña mole, visitada permanentemente por turistas franceses. Lo más sorprendente es precisamente la parte que no se puede ver. Iglesias, casas… ¡pueblos enteros han sido engullidos por la duna de Pyla! Actúa como un lento tsunami de arena que no respeta ni al bosque colindante ni a las viviendas, ni al paisaje. La costa desde lo alto adquiere una perspectiva muy especial.



Con las zapatillas cargadas de arena llegamos a París. Yo había estado otras veces en la capital francesa. Jamás vi un cielo despejado o un parisino risueño. Esta vez tampoco. La plaza del Tertre se ha convertido en un mercadillo para retratar turistas y el arte va dejando espacio al oportunismo en el barrio de Montmatre. No hay pintor que pueda reflejar, sin embargo, la belleza objetiva de las vidrieras de Saint Chapelle, el rosetón de Notre Dame, o la enormidad del Arco de la Defensa. París es un museo que hay que recorrer con paraguas. Pero en la ciudad del glamour nos deslumbró el lujo aparcado en las aceras, la ostentación y la opulencia. Los comercios de los Campos Elíseos permanecen abiertos hasta después de media noche. El corazón de París vive instalado en el bienestar con una sociedad cuya principal actividad es ir de compras. El hotel La Tremoille, donde nos alojamos, también nos transmitió esa inquietante sensación de comodidad. Horas después dormíamos en el coche, tras haber fracasado en la búsqueda de un hotel en la ciudad costera de Boulogne.

La costa al Norte de Normandía nos golpeó nuestra particular memoria histórica. Como si acabaran de ser abandonados, los búnkers alemanes de la segunda guerra mundial aún salpican, macabros, las playas francesas. Fueron unos niños los que nos descubrieron con la luz de una vela las inscripciones del interior de una de esas fortalezas de hormigón: “Gegen England” (“Hacia Inglaterra”) rezaba una de las escrituras en referencia a los proyectiles que desde ese lugar se lanzaban al enemigo. La gente de esta zona convive de forma natural con un pasado violento que se cebó especialmente en esta parte del país. La Cúpula de Helfau es quizás el vestigio más impresionante de esta zona. Los alemanes construyeron aquí toda una ciudad subterránea coronada con una inmensa cúpula móvil para lanzar sobre Londres los temibles V1 y V2. Parece Ciencia Ficción, pero las esvásticas del interior nos devuelven a 1944.



Sucede con frecuencia en los grandes viajes, que el destino improvisado de una noche se convierte en un encuentro inolvidable. Hardelot nos dejó esa sensación. La familia de Olivier y Arielle Nicolai se volcó con nosotros. La tensión de la salida del viaje, que aún sentíamos en las espaldas, se disipó con el mejor bálsamo posible: El sentido del humor. Hardelot despabiló nuestro ánimo a carcajadas. La hospitalidad de su gente nos hizo sentir en casa a más de 1.500 kilómetros de distancia. Con una sonrisa, salimos de Francia.